De los poetas que hemos mencionado hasta aquí, en la presente Reseña, ninguno existe hoy; (año 1917) pero sí, muchos, casi todos, viven en nuestros recuerdos empapados de gratitud y de afecto, por la influencia trascendental que ellos ejercieron en la poesía chilena y por el mérito innegable de sus obras.
Los poetas que vienen a continuación están vinculados a las postrimerías del anterior movimiento literario y los hemos separado de los anteriores por estar vivos. Prosiguen en nuestros tiempos cultivando la tendencia, hoy anacrónica, con que se iniciaron.
Alberto del Solar (N. en 1860).-Rubén Darío, desde las columnas de la revista «Mundíal dijo de este escritor: «La Real Academia Española, que acaba de abrir sus puertas al escritor chileno Alberto del Solar en calidad de miembro correspondiente, ha realizado un acto de completa justicia. Ha tiempo que el autor de tantos libros plausibles-que acaban de aparecer compilados en una bella edición de Obras Completas -era merecedor de tal homenaje. Fuera de sus méritos de novelista, de narrador, de poeta, de autor dramático, ha sido siempre cultivador de la tradición castiza de nuestra lengua, y no ha transigido ni aún con la singular costumbre-que creo que se debe a don Andrés Bello-de usar la “i” latina, como conjunción, en los casos en que todos usamos la “y” griega, o ye. Va bien, pues, Del Solar, entre los que tienen por especial misión limpiar, fijar y dar esplendor al idioma castellano. Una de las particularidades que distinguen a Alberto del Solar es su americanismo, demostrado desde antaño. Desde sus recuerdos sobre la guerra del Pacífico, en la cual siendo muy joven tomó parte por mar y por tierra, hasta sus últimos trabajos, casi todos, todos pueden decirse, se refieren a nuestra América, y principalmente a Chile, su patria, o a la República Argentina, patria de sus hijos. En esos recuerdos a que me he referido, brilla un vibrante amor de la tierra natal y de sus glorias, y se habla con palabras de verdad y de entusiasmo-«yo vi, yo estaba allí» del heroísmo del soldado chileno de su terribleza y de su resistencia. Y no hay, desde luego, ninguna manifestación de odio o rencor al enemigo. En la novela Huincahual, que pasa en tiempos del antiguo Arauco, y que habría regocijado a Marmontel y logrado la aprobación de Chateaubriand, se trata de luchas y amores entre personajes de las razas contrarias: la conquistadora y la autóctona. La narración es clara, sencilla, con justa y precisa erudición, como que se apoyaba el autor en documentos del eminente americanista Medina, y de un interés sostenido y atrayente «Me ha gustado e interesado tanto, que pienso hablar de ella cuando hable de otras novelas hispanoamericanası, escribía don Juan Valera. En Rastaquouére, otra novela, trabaja Del Solar en materia contemporánea y graciosísima; está muy galanamente escrita, y contiene muchas y muy saludables enseñanzas. La novela Contra la marea entusiasmo a poetas como Rafael Obligado, cuando fue leída en reuniones literarias en casa de ese noble e ilustre amigo; yo asistí a algunas durante mi permanencia en Buenos Aires. Es también labor americana, de ambiente argentino, y en ella como en El faro, otra novela-escrita sin que conociese el autor «La Tour d'Amour», de Rachilde-aparece uno de los elementos que ejercen mayor atracción en la facultad imaginativa y creadora de Alberto del Solar: el mar. Alguna vez hace ya años-expresé mis elogiosos pensares en el prólogo de uno de sus libros. Hoy podría agregar que ha contribuido a la formación del teatro nacional argentino, con la presentación de más de una obra celebrada, a pesar de lo dificultoso de la empresa. De su comedía El Dr. Morris--que creo se ha representado también en inglés-decía , el poeta Diez-Romero: «Es una de las obras de teatro más seductoras que se hayan representado en este país». Y de El faro, Chacabuco, y otros trabajos, se han hecho los juicios más satisfactorios. Mucho habría que decir del crítico, del conferencista, de algún excelente ensayo de historia; mas ello no cabría sino en líneas mayores. Debo, sin embargo, hablar del poeta. Y aquí volveré a recordar cómo aviva su fantasía, y le mueve a expresarse métrica y sonoramente la vasta influencia oceánica, advertida desde su infancia en la pintoresca y encantadora Valparaíso. Cuando aparecieron en «La Nación», de Buenos Aires, versos de Del Solar, el hecho causó asombro. Sus colegas de la prosa se asombraron; ante los mundanos y los de los millones perdio méritos; los poetas, celosos de su ciudad sagrada, le exigieron el «schiboleth». Con todos ellos supo entenderse; y al publicar recientemente su poema El Díamante azul en que siempre aparece la prodigiosa Thalassa-se ha visto que se trata de un verdadero lírico, conocedor de nuestro parnaso y de los grandes poetas ingleses, y cuya factura de corte clásico no le impide vuelos muy modernos, pegaso y aeroplano. Páginas entusiásticas se han escrito sobre ese hermoso poema-entre una notable de Luis Beriso -y en ella se alaba el dominio de la expresión y la fuera imaginativa. Yo he leído con detención esos resonantes y ágiles versos que expresan un significativo «mito), y que juntan la gracia de las ficciones y metamorfosis antiguas a un tema que no puede ser más real, en las férreas y mecánicas tragedías de nuestros días: el naufragio del «Titanic». Una leyenda comentada por los diarios, a raíz de la pérdida de aquel colosal barco, dio motivo a que Del Solar escribiese su conmovedora y musical obra, y el poema surgió, digno del poeta y de la poesía». Siendo Secretario de la Legación de Chile en la Argentina contrajo matrimonio con una distinguida dama de ese país, y formó un hogar suntuoso que, puede decirse, es el centro de reunión de los artistas de esa tierra y en el que Del Solar ha hecho todo lo posible por propender al acercamiento intelectual de ambas naciones. A pesar del juicio de Rubén Darío, nosotros consideramos a Del Solar como un representante del versificador a la alta escuela.
Narciso Tondreau (N. en la provincia de Coquimbo, en 1861). -Retirado hoy de la vida activa de las letras, fue ayer un maestro de la pasada generación lírica. Sus versos apacibles buscaban inspiración merodeando entre los lejanos templos del helenismo pagano. Tuvieron felices interpretaciones artísticas que hoy duermen bajo la indiferencia. Es autor del libro lírico Penumbras, y del poema Los Balmacedonautas.
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Así como en los campos y en las poblaciones alejadas de los centros urbanos, existen rapsodas menesterosos de alma, cantores ambulantes de labio leporino, que eligen, para comentar en bien o mal cortadas estrofas, temas cazados de entre los sucesos o acontecimientos importantes que se producen a la luz pública, y con los cuales entretienen su flaco numen haciendo rimas Al rodeo, Al nacimiento de tal niño, Al desborde del río tal, Al crimen de Loncoche o al Contrapunto entre un guardián y el poeta, etc., etc., así también, en el seno mismo de las populosas y modernas capitales, existen poetas que, a falta de inspiración propia, se aprovechan de la celebración de cualquier fiesta nacional o extranjera, o de éste o aquél asunto puesto en boga por la historia o por los ciudadanos, para satisfacer su amor propio, dando a conocer en kilométricas y agudas composiciones en verso, sus cualidades fútiles y contumaces de vulgares versificadores. Por esto, no es extraño verlos componer estrofas A la Independencia, Al descubrimiento de América, A la Juventud, A la Instrucción, Al aviador Figueroa, Al Presidente electo, Al Cerro Santa Lucia o A la Exposición de animales. Y esto con tono enfático, doctoral, olímpico, sin el menor átomo de novedad. ¿Esta debilidad es excusable siquiera en personas cultas, en intelectuales que han atravesado ya el litoral de los veinte años? Estimamos que no. Está bien que un colegial, empapado en las estrechas enseñanzas del primer año de literatura haga versos-así como los hemos hecho casi todos, allá en nuestra niñez, cuando el bozo era una leve insinuación de pelusilla de durazno sobre nuestro labio-conmemorando, desde la tribuna complaciente del aula escolar, la celebración de tal o cual aniversario glorioso; pero, no es justificable y sí verdaderamente punible que, individuos de criterio ya formado, de edad que va camino de las canas y de cultura más o menos relamida-no diremos con títulos universitarios y experiencias artísticas-vengan a caer en la ignominia de tan mezquinas trivialidades. A esta clase de poetas pertenecen muchos de los que van en esta Reseña. Por esta vez, no individualizaremos, limitándonos únicamente a estampar en este paréntesis nuestra protesta contra aquellos que hacen de la poesía una egoísta satisfacción orgánica y del Arte una lamentable, chacota cerebral. Clemente Barahona Vega, Rodolfo Polanco, Manuel A. Hurtado, Ramón Escuti Orrego, José Ángel Venegas, Rodolfo González (Flora Donoso Glez), Ambrosio Montt y Monit, José Ignacio Escobar, V. Marín Besoain, Luis Galdames, Tito V. Lisoni, Luis Martínez Rubio, Ángela M. de Carvajal, Victoria Cueto, Eduardo Castillo Urízar, Manuel Varas Espinosa, M. A. García Zegers, Carlos Garrido Merino, Waldo Díaz, Wenceslao Castro Zamudio, Eduardo Grez Padilla, César Muñoz Llosa, M. Poblete Cruzat, Hortensia Baeza de Bustamante, Samuel Fernández Montalva, Javier A. Urzúa, Félix Rocuant Hidalgo, Luis R. Boza, entre otros, fueron personas de talento que salieron de la mano, formando un solo cuerpo, durante un período de efervescencia lírica nacida no se sabe por qué influjo maligno, en «La Lira Chilena» y otras revistas de aquella época (1894-1905, aproximadamente). Todos escribieron versos más o menos románticos y sonoros y más o menos buenos y legibles; pero, pasado el entusiasmo adolescente, con su pecaminosa ambición de exhibicionismo, guardaron sus herramientas de trabajo y se entregaron en brazos de la vida práctica. Y aquel grupo se disolvio para siempre, tal como había aparecido: en un solo cuerpo, demostrando así que el Arte, la Poesía, fue para él una simple y egoísta satisfacción orgánica. Por fortuna esta ráfaga de versorrea fue Víctoriosamente contrarrestada y deshecha por el espíritu moderno y verdaderamente artístico que Marcial Cabrera Guerra supo infundir a la revista «Pluma y Lápiz (1902-1904). A continuación se incluyen breves notas sobre algunos de estos ex-poetas, por haber desarrollado mayor actividad en nuestro ambiente literario.
Clemente Barahona Vega (N. en Santiago, el 12 de Octubre de 1863).-El señor Barahona Veya bia sido biografiado y bibliografiado como nadie en nuestra tierra. En «El Diccionario Biográfico de Chile», «le Pedro Pablo Figueroa pueden buscarse datos y referencias sobre tan incansable escritor. Las obras que ha publicado desde el año 1885 en verso o prosa, con o sin ilustraciones y retratos, originales y traducidos, solo o en compañía, pasan de cuarenta. Es todo un literato. Su producción ha sido exuberante y variada hasta el extremo de tratar las materias más disímiles. Más que como poeta se ha hecho leer como periodista, redactor de sesiones, critico, narrador y traductor: Comedido y tesorero ha logrado (distinguirse en diversas academias, sociedades, asambleas y comicios. No es un poeta lírico, dicho sea con perdon de este conocido improvisador de versos salerosos. Sus estrofas suelen hacer reír con chistes de buena ley. Pero su lira tiene las cuerdas flojas. A menudo, desafina. Carece de estro, de ese “algo divino» a que alude Bécquer. El señor Barahona es un gran cazador de frases. Ha practicado esta útil gimnasia taquigrafiando y redactando sesiones. Pesca al vuelo decires, proverbios o cantares y luego nos los presenta en un folleto. Uno de sus méritos más simpáticos es.el ser correspondiente ile la «Société des Amis des Roses». Al igual que su íntimo amigo don Leonardo Eliz, es un admirador de la rodología, y como tal ha escrito «La zamacueca y la rosa en el folklore chileno» (1910). Ha publicado las siguientes obras poéticas: Botones de rosas, poesías líricas (1886); Toques de clarín. (1901); El hundimiento de la Esmeralda (1904); De brocha gorda y ¡laca (1905), humorística, prosa y verso; Entre ellos (1912) y Canto a Prat (1914). : Para referir una de las más interesantes fases de la personalidad del señor Barahona Vega, hay que recordar que es miembro de la «Academia Mineira de Lettras» de Juiz de Flora, la segunda metrópoli del Estado de Minas Geraes. Aún más: casi no hay instituto, centro científico o literario del Brasil que no le . haya discernido el título de «miembro correspondiente». Es un brasilófilo. Presidentes de la República hermana y Ministros de Chile en Río le han escrito con elogio o le han tribulado sus aplausos. En colaboración con Leonardo Eliz, publịcó en 1903 la obra en prosa y verso, traducida del portugués, Los cantos del sabia, que contiene bellísimas poesías de tropical esplendidez. Ese mismo año tradujo también «Trovas y modinhas populares del Brasil».
Rodolfo Polanco Casanova (N. en Copiapó, el 25 de Octubre de 1866).- A los dos años de edad sufrió un ataque cerebral que le paralizó el uso de las piernas para el resto de su vida. Ha condensado esta desgracia suya en la conocida poesía A mi silla. Aunque el metro empleado, octosílabos, no es el más apropiado para el género serio,-ha dicho Pedro Antonio González,-esta poesía triunfa por la belleza y originalidad de las ideas y porque consigue hacernos vibrar intensamente». Junto con González, de quien fue leal amigo, escribió sus primeras «cosas” en “La Vanguardía», ex. periódico santiaguino. Con cuentos, poesías y artículos sueltos ha colaborado entre otros papeles públicos, en «Pluma y Lápiz, de Marcial Cabrera Guerra, «La Lira Chilena», «Los Lunes», «El Alba» de Montevideo, «La Revista» de Valparaíso y «Zig-Zag». También ha lanzado en la prensa numerosos artículos de crítica literaria. En «Nueve días de tren», publicó sus impresiones de viaje por el Sur." Polanco desea ser ante todo, un poeta «sugerentes. Es poco original: sui poesía es refleja, de calco o imitación. Es un rememorador de Bécquer y de Heine. En sus rimas, emplea de preferencia el asonante, y al menos en la forma se acerca a Bécquer más que a Eduardo de la Barra. Su estrofa es ligera, armoniosa, fugaz. Agradable de leer, en una palabra. En 1913, publicó una Ojeada crítica sobre la poesía en Chile, folleto que contiene un estudio de nuestra poesía iz partir desde Salvador Sanfuentes (1842). Sin pretensiones de ser un pontífice o un trascendental a lo Max Nordau, sus apreciaciones suelen ser justas. Sólo en un caso fue partidarista: agredio a Pedro Prado, porque no usa los antiguos, gastados moldes. Mas olvidó decir que Prado tiene (sea o no retóricamente imperfecto) su molde propio, y en él vacía hermosas concepciones. Con todo, Polanco no se complace en propinar el zurriagazo inquisitorial. No pertenece a alguna sociedad de elogios mutuos, orales o escritos, ni al gremio de los pescadores de imperfecciones literarias,-como dice Manuel Ugarte, -que hacen hincapié en pequeñeces gramaticales e retóricas con el vedado propósito de ocultar lo que encuentran de bello o de sincero dentro del arte más puro, al través de una obra, de una página, o en la vida (le un poeta.
Javier Urzúa Silva (N. eu Curicó, en 1874).- Es autor de un pequeño volumen de poesías, Notas ligerus, cuyas estrofas se suceden con esa conocida simetría monótona del cartabón retórico. Sin embargo, emana de sus versos cierta simpatía propia del que escribe sin pretensiones. Escribe y aún publica, por simple sport intelectual, composiciones bien cortadas y bien terminadas y como concebidas de antemano para declamarlas buscando un efecto inmedíato, ocasional y pasajero: el aplauso del público. Urzúa es un feliz improvisador de versos de ocasión: versos de álbum, a la muerte de un gran poeta. a la muerte de un amigo, con motivo de un cumpleaños. En otros términos, versifica por compromiso y por consideraciones de carácter extrínseco a la poesía genuina que fluye espontáneamente de lo profundo del yo, del propio temperamento lírico, con sus sensaciones individuales y únicas, lo que necesariamente tia de dar una nota nueva en la enorme e ilimitada sinfonía de la poesía personal o lírica.
Manuel Poblete Garín Armando Donoso en su «Parnaso Chileno, dice de este poeta: «Verdadero y fondo estudio; realidad, belleza y originalidad suma, revela en todas sus composiciones, Poblete Garín. Cuadros realistas, engalanados con lo pulido y bello de la frase: maneja el castellano con soltura y precisión, modelando sus conceptos a medida de la inspiración que guía su plumas. Publicó: Poemas del amor y de la muerte (1905).
Eduardo Grez Padilla (N. en Molina, en 1975). - Es verdaderamente sensible que la jerga forense y el viciado ambiente de los tribunales, hayan malogrado las hermosas disposiciones artísticas de este escritor, ¡Cuántos han nacido poetas y han debido revestirse de una áspera corteza de prosaísmo para que no los sorprenda y vitupere el Vulgo!... Ha publicado los siguientes libros: Mis versos (1894); Mis dioses (1896) y Hacia la cumbre... (I YIÓ). Este último. volumen de poesías hubo de publicarlo con el anagrama de Rodríguez Pallala, cediendo al lamentable prejuicio, propio de gente estúpida, de que el ser poeta o literato está reñido con las solemnes funciones de la abogacía. Es cierto que entre nosotros forman legión los abogados que escriben y alegan en estilo árido, seco, vulgar. Saben mucho; pero su redacción rastrera desprovista de concisión y elegancia, a nadie sorprende ni cautiva, y rara vez logra sacudir la explicable modorra de lo; pacientes señores magistrados... Hacia la cumbre... es una colección de versos románticos, escritos con vehemencias cálidas y tropicales. Está dedicado el libro: a Emma Ortiz, bella artista del canto, que inspiró al poeta una pasión extremada, loca, romántica. Las estrofas de Grez Padilla son fáciles, fluidas, caudalosas, escritas al correr de la pluma, con espontaneidad notoria y evidente. Ha llenado los moldes clásicos, especialmente sextinas y décimas, con una facilidad digna de mejor aplicación. Es como si el autor poseyera un tonel de vino añejado y fuera llenando copas, hasta el borde, ni una gota más ni una zota menos. Pero el autor parece no tener noticias de los nuevos rumbos de la poesía lírica, ni remotamente. Así sus versos suenan hoy como notas de música demasiado sabida: «Tosca, «Sobre las olas», «El Vendedor de pájaros»... Y eso que Eduardo Grez Padilla escribe sus versos con más talento que algunos de los autores de su generacióis.
Tito V. Lisoni (N. en Santa Cruz de Curicó, en 1870).-Con sus poesías, y prosas literarias ocupó un sitio prominente en la revista «La Lira Chilena», la «Revista Nacional de Buenos Aires y otras publicaciones chilenas y extranjeras. En su labor poética no hay mucha emotividad; predomina en ella un esfuerzo cerebral vigoroso, especialmente en sus composiciones de índole civil y doctrinaria. - Ha realizado una labor enorme tanto en la prensa (artículos literarios y jurídicos), como en pro del conocimiento recíproco de las repúblicas novo-mundanas, singularmente respecto de Venezuela, Centro América y las Antillas. Actualmente es Cónsul General de Venezuela en Chile y Decano del Cuerpo Consular de Santiago. Ha recibido numerosas condecoraciones y otras distinciones honoríficas. Últimamente ha escrito una «Portadas para un libro de versos del poetà venezolano Nerio A. Valarino. En ese prólogo dice entre otras cosas: La juventud americana aún sc siente libre de esa presión de utilitarismo que domina en nuestra época. Egregios cultores hablan a las musas, llegan a ellas como un sacerdote frente al altar. El ruido que pasa no interrumpe la oración fervorosa y las lámparas del templo siguen derramando torrentes de luz sobre las cabezas devotas. -En Santo Domingo, Fabio Fiallo hace cantar al ruiseñor, cerca de las flores del sendero, las tristezas del amanecer y nos habla de la amada querida y eterna; en Venezuela, Andrés Matta, Pedro E. Coll, desparraman el incienso vaporoso ante la imagen del amor y de sus castidades divinas; en Colombia, Julio Flores ilumina las almas con el fulgor de sus cantos apasionados, de sus arrobamientos y de sus expansiones; en el Perú, José Santos Chocano, arrebata el acento a las epopeyas y con el desafía el rugido de las tormentas oceánicas; en Chile, Víctor Domingo Silva, inspirado en las solemnidades de las pampas, la voz del desierto y los gritos airados del paria, hace vibrar los espacios con ritmos insuperables; Leopoldo Lugones, en la Argentina, con vibrantes apóstrofes, endiosa al caído y al que sufre y proclama los apotegmas de la Igualdad.--Toda esta poesía, todo este nervio que campea en las cimas nos transporta a regiones elevadas, nos hace pensar intensamente y nos convence de que en el regazo del Sagrado Monte arde la luz de las vestales y vive el espíritu que engendra anhelos impecables.---La poesía americana tiene mucho exotismo, de originalidad propia de la tierra. En ella la voluptuosidad del sentir, el vigor del temperamento, la frase mórbida, que traduce los estados del alma, reflejan sus tendencias y le dan ese sello característico del ambiente que nos envuelve, de la đonosura de nuestros cielos y de nuestros panoramas.
Francisco Zapata Lillo Publica de vez en vez algunas poseías, o como quiera llamárselas, en la prensa díaria. No es un poeta, a pesar de que Manuel Ugarte lo incluye como tal en La Joren Literatura Hispano-Americana y exonera de ella a Ernesto A. Guzmán, Samue! A. Lillo, Pedro Prado y a nuestros mejores poetas, demostrando, así el valor respetable de su obra.
Luis A. Zamora (N; en 1879, en Tomé).-Abogado. Los escasos poemas que le conocemos mos hablan de un espíritu hundamente pensador y anhelante de descubrir el misterio de las cosas en su dramática inmutabilidad. Hace tiempo, nada sabemos de este rimador.
Claudio Barros Como poeta clásico tiene brillantes aptitudes. En el molde sólido y trabajado de sus versos suele vaciar hermosas ideas con tal fervor de artista que consigue desvanecer la frialdad que caracteriza a las obras clásicas. Su bella poesía «Amors fue merecidamente premiada en los Juegos Florales Cervantinos que se celebraron en Abril de 1915.
Ramón L. Henríquez (N. en Talagante, 1881).---Hacia los años 1888-1902 frecuentó los corrillos literarios y escribió versos plenos de fervotoso romanticismo. Fue uno de los jóvenes escritores concurrentes al cenáculo «El Bohemioy, cuyos «tées literarios, se verificaban en casa del atildado escritor don Augusto Orrego Luco. A aquellas veladas memorables, que contribuían a dar carácter a la época literaria santiaguina a que aludimos, concurrían Diego Dublé Urrutia, Antonio Orrego Barros, Federico Gana, Arturo Ambrogi, Luis Gana, Claudio Barros y algunos otros. Este Cenáculo Literario publicó una revista, El Bohemio», de corta duración. También formó parte Henríquez de la «Academia La Juventud», junto con Oscar Sepúlveda y Guillermo Labarca Hubertson. Dicho instituto fundó la revista «La Ilustración, que fue continuada por los hermanos Poblete Cruzat y casi tuvo tanta simpatía en el público como sus contemporáneos. «Pluma y Lápiz», de Cabrera Guerra, e «Instantáneas», de Augusto G. Thomson. Con el escritor y poeta Luis Martínez Rubio, dirigió Henríquez la revista «El Búcaro Santiaguiñor, ilustrado por el dibujante Luis Gutiérrez. También dirigió la revista «La Aurora», destinada como otros semanarios ilustrados de aquella época, a divertir a la gente con caricatureos de las costumbres santiaguinas. Es interesante un momento de charla con personas como Ramón L. Henriquez que en tiempos mejores demostraron buenas disposiciones para el Arte y que, absorbidos hoy enteramente, por el prosaismo de la vida práctica y profesionista, no escriben, no sienten ya el estremecimiento lírico, y se limitan a rememorar sus viejos versos... En este caso se encuentra Carlos Villalón Lillo, que figuró en el movimiento litera.'io promovido por la revista «Chantecler» de Concepción. Así ha abandonado las bellas letras Luis Galdames, autor del libro poético Savia Joven (tanteos poéticos), acaso el mejor de su época y que abrumado hoy por sus tareas educacionales, quiere echar al olvido su obra de versificador. Así también Lisandro Santelices, autor del volumen Tierra Virgen (1907), que ya no escribe sino la prosa del papel sellado y que a ratos suele acordarse de sus versos de otro tiempo.
José Ignacio Escobar R Bardo temporero, de ocasión. Se dio a conocer como poeta épico en la «Lira Chilena» allá por los años 1898 a 1900. Su Oda a la Independencia de Chile» obtuvo el primer premio en el Certamen abierto por dicha Revista. También su oda Ofrenda a Chilc en el Aniversario de su Independencia. obtuvo el primer premio en el Concurso celebrado por «La Ilustración, semanario santiaguino de arte v literatura. Como se puede colegir por estas fáciles marcas de consagración, Escobar era un especialista en enfermedades patrióticas, que hoy están desterradas en absoluto de nuestras clínicas literarias. En 1904 publicó su primero y único libro Flores Silvestres, con prólogo de Luis Orrego Luco. Cincuenta y tantas composiciones líricas forman este tomo que agradó mucho en aquel tiempo en que el ambiente estaba estrazado de un romanticismo a lo Musset. Los versos de este volumen son sonoros, bien modelados, puros y sin pretensiones. Nada más.
La política absorbió a Escobar sus buenas disposiciones para fabricar literatura. La vida práctica, la rutina, el dinero y la natural propensión humana a la estabilidad y conservación de la especie, le han hecho dedicarse de lleno a la carrera de las leyes, en la que ha obtenido algunos triunfos. Tanto mejor para los artistas y para él mismo.. Últimamente ha dado un paso más hacia la cumbre de sus ensueños de hombre: gano una campaña electoral que le hizo Diputado del Departamento de Santiago. Ojalá triunfe en los estrados del Congreso y en Los Tribunales de Justicia, ya que no tuvo vocación y recursos suficientes para hacerse glorificar en los sagrados templos de Apolo.
Eduardo Castillo Urizar (N. en Santiago, el 13 de Abril de 1881).--Ha colaborado en «La Lira Chilena» y «La Revista de Chile ». Usa el pseudonimo «Eseu». Su profesión de Abogado le impide dedicarse al arte, como él lo deseara. En 1913 sacudio el polvo de sus olvidados manuscritos y publicó un pequeño volumen lírico con el título de Flores Silvestres. El estilo de Castillo U., aunque más baldio de giros poéticos, es muy semejante al de Luis Galdames y José Ignacio Escobar: sencillez de concepto y expresión; nada de prodigios métricos ni de histéricas contorsiones del lenguaje Mas, también poca novedad, ninguna originalidad. En todos ellos las concepciones y los ritmos se sujetan al cartabón de todos aprendido, a los viejos cánones retóricos. De esta dis. ciplina, es lógico, resultan composiciones correctas, simétricas, homogéneas; pero, como contienen otro y otro leit-motiv ya conocido, no tocan ninguna nueva fibra del sentimiento, no descubren en los repliegues de las almas emociones no sentidas aún, aún no vistos azules horizontes, aún no perseguidas fantásticas quimeras. Con todo, Castillo Urízar merece los elogios que se le han brindado. No es un profesional borroneador de carillas y escribe por mero pasatiempo espiritual, sencillamente, sin pretensiones. Es de sentir que las exigencias de la vida le hayan desviado del florido sendero por el cual empezó a deslizarlo su temperamento artístico.
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Por fin, vienen otros que han aparecido simultánea o posteriormente al grupo mencionado. Muchos no son casos perdidos: trabajan tenazmente y de vez en cuando demuestran tendencia a renovarse o morigerarse. Otros, los menos, aun cuando están en el vigor de la juventud, demuestran cansancio y estagnamiento.
Luis Bettelini Montenegro Poeta bohemio, atormentado en forma extraña por la suerte. Sus rudos y originales bagajes poéticos han sido averiados por el abrupto vivir que no le da más tiempo que el necesario para salvar el cuerpo de las zozobras del mundo. Ha publicado tres libros de cierto mérito literario.
Miguel Luis Navas Publicó en Zig-Zag» algunas bellas composiciones que revelaron más de lo que se esperaba de una firma desconocida. Hoy, nada se sabe del poeta. Posiblemente se lo han tragado las preocupaciones de la vida práctica.
Juan A. Araus (N. en Valparaíso, en 1879).--Es poco conocido como poeta, aunque su labor es considerable. Sus versos, algo disparejos, cantan la vida suburbial y obscura de los pueblos, desentrañando con robustez y naturalidad la miseria de los conventillos, el dolor de los hospitales, la vida de los bohemios que atormenta la suerte, la labor fatigosa de las bestias y todo aquello que, como las injusticias sociales, sublevan su espíritu forado en las luchas humanas. Sus poesías, ante todo, son humanitarias y racionales: Vibra en ellas un temblor inconfesable de indignación socialista de pacíficas reflexiones, sin arrebatos de destrucción ni gestos amenazadores de vividor anárquico. En moldes románticos, a veces, y de corte moderno, otras, pero siempre con desaliño, muestra el dolor plebeyo en la herida fresca de un verso, con la humildad y paciencia de los que esperan conmover por las lágrimas antes que por la bruta imposición de la fuerza. «Carne de los rieles», «Bestias de carga», «En los hospitales» y «El desfile in terminable», son las poesías que ponen más de relieve la personalidad modesta de este poeta salido al escenario público con el criterio artístico ya maduro y definitivo.
Luis Rodríguez Velasco (N en Santiago, en 1838).- Es uno de los pocos sobrevivientes de aquel círculo de bardos que tan brillante papel desempeñó en el período de 1860-1880. Sus cantos escritos en un lenguaje del más acendrado aticismo le han conquistado un sitial en la Real Academia Española. Su poesía a los héroes de Iquique, le abrió las puertas de una fama bien merecida por su lírico patriotismo. Como autor dramático alcanzó un gran triunfo con su comedía Por amor y por dinero (1879). Publicó un tomo titulado Obras poéticas (1909).
Este anciano y popular poeta, reliquia gloriosa de aquel romanticismo ateminado y pulcro que el año 1860 empezó a arrojar su modesta pero trascendental semilla sobre los desiertos y áridos campos de nuestras bellas letras, prosigue cultivando en el recogimiento de un retiro forzoso, su huerto espiritual que, de vez en cuando, despide aromas con perceptibles resabios de colinas remutas y para siempre perdidas, y observa con indefinible tristeza cómo desfila ante sus balcones coloniales la gallarda y hercúlea falange de los poetas jóvenes, llevando al frente el trapo rebelde de la renovación y de los modernos idea. les artísticos.
Heriberto Ducoing (N. en Valparaíso, el 16 de Agosto de 1849).- Es el poeta más interesante, el más fecundo y el más activo de esta Reseña. Para hablar de sus obras, de su actuación en la vida pública y de su asombrosa actividad intelectual, sería necesario dedicarle un volumen. En verso ha cultivado todos los géneros, con sin igual donaire. Es un artista en toda la significación de esta palabra; un hombre-poeta que debió nacer bajo la sombra de los rascacielos yankees. Repito: es la figura más interesante de las que figuran en esta Reseña. Tal vez en un día no lejano de. diquemos a este ilustre poeta y escritor un juicio que esté a la altura de su importancia.
Bibliografía.- Ha producido mil sonetos, más o menos. Forma cada género una larga serie: a nuestros poetas; filosóficos, políticos, tipos, sátiras sociales, virtudes, vicios, estudios diversos, etc. Por estar ellos relacionados entre sí, tienen, ante todo, un mérito que podría llamarse de conjunto. Además: siete monologos en versos, algunos de los cuales, como El Fonografo y El Gran Cómico; han sido representados con éxito en Talca y Constitución; y tres piezas teatrales: El camino de la Felicidad, Por dinero y sin dinero y Los Amores de un Litigante. Y por fin tiene una enorme cantidad de composiciones líricas de diversa extensión y género.
Biografía.- Fue: Director Gerente del Banco Hipotecario; Secretario General del Cuerpo de Bomberos de Valparaíso; Secretario del Comité de la Cruz Sanitaria durante la guerra de 1879; Fundador de la Escuela Horacio Mann del mismo Puerto, en unión de los Edwards, Lastarria y Murillo; Cronista de «El Deber» (1876); Intendente de las provincias de Cautín y Talca, siendo reelegido en esta última (1896); Miembro del Partido Radical; Elector de Presidente; Gerente de la Feria Agrícola de Talca (1901-1903): Cclaborador de «El Mercurio, de Valparaíso, hasta 1915, donde figuró con muchos artículos, en su mayor parte de índole social y economica; Miembro del Jurado para las composiciones poéticas del Concurso Swinglehurst patrocinado por ese mismo díario (1916), etc., etc. Actualmente reside en Viña del Mar, cultivando en silencio la poesía.
Juan Enrique Lagarrigue (N. en Valparaíso, en 1852).- Hace versos desde antaño. Ha consagrado su vocación poética a cantar al amor universal y a hacer propaganda de las doctrinas de Augusto Comte y de Litré, poniendo en su acción más calor de humanidad que los referidos filósofos. Sus versos pecan de prosaísmo.
Santiago Escuti Orrego (N. en Rancagua, en 1855).- Pertenece a la generación de Pedro Nolasco Préndez, Concha Castillo, Garriga y Pedro Antonio González. Hasta en sus últimas y recientes producciones, algunas de las cuales han sido premiadas en concursos públicos, conserva su antigua tendencia clásico-romántica. Es de esos poetas bonachones, cuya literatura a nadie molesta, precisamente porque no alcanza a llamar la atención de los demás. Es autor de varios poemas: A través del infinito, El Héroe, Atacama y otros. Actualmente es Rector del Liceo de Quillota.
Manuel Antonio Román (N. en Doñihue, provincia de O'Higgins, en 1858).- Es fama que antiguamente, allá en tiempos de Fray Luis de León, Calderón y Lope, muchos jóvenes que sentían el esplendor divino en su alma, se hacían monjes en busca de aquellos que sólo los conventos podían proporcionarles ampliamente: libros, manuscritos, intolios y, en una palabra, grandes bibliotecas literarias. Entre nosotros, que sin duda hemos tenido el Clero más culto de Hispano-américa, sería interesante formar un manuductio o un florilegio de la labor poética de los eclesiásticos que han existido y existen en nuestro país. Un libro así tendría que tocar uno de los aspectos más hondos de nuestra vida colonial y republicana: la influencia del Clero en la evolución, laxitud y amplitud de nuestra poesía, y en general de nuestro arte. Divisaríamos allá en la nebliposa época de la colonia a los obispos Humanzoro, Alday y Sobrino Minayo, anatematizando las primeras representaciones teatrales en nombre de la Moral. Divisaríamos al famoso padre López, el Quevedo chileno, improvisar echando atrás el manteo de su profunda teología, chistosas y picantes estrofillas para solaz de la gente en reuniones y jaranas. Rezocijados leeríamos versos del padre Oteiza, el padre Escudero y el cura Morán. Después encontraríamos a Camilo Henríquez, el varón más ilustrado de su época; componiendo obras teatrales y aún himnos y letrillas para templar el patriotismo republicano. El canonigo Esteban Muñoz Donoso (1847-1907) se destacaría con sus poesías religiosas y su poema épico La Colombia, con el cual el poeta eclesiástico alcanzó su os magna sonaturum, por lo menos dentro de las aulas del Seminario de Santiago, del que fue profesor durante más de cinco lustros. Rodolfo Vergara Antúnez, Juan R. Salas Errázuriz, Luis Felipe Contardo, Bernardino Abarzúa y muchos otros clérigos y frailes, escritores de mérito dentro de sus arcaicas tendencias, y sin contar por supuesto a los versificadores ramplones que en el gremio de la clerecía, más que en ningún otro, abundan. Una de las figuras descollantes de nuestros literatos eclesiásticos es el doctor don Manuel Antonio Román, versadisimo lingüista y por añadidura «poeta en castellano y latín». Es autor de un Diccionario de Chilenismos, obra enorme que basta para justificar su nombramiento de Académico Correspondiente y su notoriedad como escritor entendido, investigador y acucioso. En la Biblioteca Internacional de Obras Famosas, tomo XXII, figuran algunas de sus poesías encendidas por la llama del amor sacro que se nutre en el EvÁngelio y en la hagiografía.
Ambrosio Montt y Montt (N. en Santiago, en 1860).-Abogado, poeta y diplomático. Cultivó con gusto el soneto. Tal vez fue el sonetista de su época: forma clásica, impecable, monótona, y substancia llena de un sentimiento caballeresco. Publicó tres libros de versos: Amor y Patria (1882); Veladas Líricas (1885) y Chispas de la Hoguera (1888).
Alberto del Solar (N. en 1860).-Rubén Darío, desde las columnas de la revista «Mundíal dijo de este escritor: «La Real Academia Española, que acaba de abrir sus puertas al escritor chileno Alberto del Solar en calidad de miembro correspondiente, ha realizado un acto de completa justicia. Ha tiempo que el autor de tantos libros plausibles-que acaban de aparecer compilados en una bella edición de Obras Completas -era merecedor de tal homenaje. Fuera de sus méritos de novelista, de narrador, de poeta, de autor dramático, ha sido siempre cultivador de la tradición castiza de nuestra lengua, y no ha transigido ni aún con la singular costumbre-que creo que se debe a don Andrés Bello-de usar la “i” latina, como conjunción, en los casos en que todos usamos la “y” griega, o ye. Va bien, pues, Del Solar, entre los que tienen por especial misión limpiar, fijar y dar esplendor al idioma castellano. Una de las particularidades que distinguen a Alberto del Solar es su americanismo, demostrado desde antaño. Desde sus recuerdos sobre la guerra del Pacífico, en la cual siendo muy joven tomó parte por mar y por tierra, hasta sus últimos trabajos, casi todos, todos pueden decirse, se refieren a nuestra América, y principalmente a Chile, su patria, o a la República Argentina, patria de sus hijos. En esos recuerdos a que me he referido, brilla un vibrante amor de la tierra natal y de sus glorias, y se habla con palabras de verdad y de entusiasmo-«yo vi, yo estaba allí» del heroísmo del soldado chileno de su terribleza y de su resistencia. Y no hay, desde luego, ninguna manifestación de odio o rencor al enemigo. En la novela Huincahual, que pasa en tiempos del antiguo Arauco, y que habría regocijado a Marmontel y logrado la aprobación de Chateaubriand, se trata de luchas y amores entre personajes de las razas contrarias: la conquistadora y la autóctona. La narración es clara, sencilla, con justa y precisa erudición, como que se apoyaba el autor en documentos del eminente americanista Medina, y de un interés sostenido y atrayente «Me ha gustado e interesado tanto, que pienso hablar de ella cuando hable de otras novelas hispanoamericanası, escribía don Juan Valera. En Rastaquouére, otra novela, trabaja Del Solar en materia contemporánea y graciosísima; está muy galanamente escrita, y contiene muchas y muy saludables enseñanzas. La novela Contra la marea entusiasmo a poetas como Rafael Obligado, cuando fue leída en reuniones literarias en casa de ese noble e ilustre amigo; yo asistí a algunas durante mi permanencia en Buenos Aires. Es también labor americana, de ambiente argentino, y en ella como en El faro, otra novela-escrita sin que conociese el autor «La Tour d'Amour», de Rachilde-aparece uno de los elementos que ejercen mayor atracción en la facultad imaginativa y creadora de Alberto del Solar: el mar. Alguna vez hace ya años-expresé mis elogiosos pensares en el prólogo de uno de sus libros. Hoy podría agregar que ha contribuido a la formación del teatro nacional argentino, con la presentación de más de una obra celebrada, a pesar de lo dificultoso de la empresa. De su comedía El Dr. Morris--que creo se ha representado también en inglés-decía , el poeta Diez-Romero: «Es una de las obras de teatro más seductoras que se hayan representado en este país». Y de El faro, Chacabuco, y otros trabajos, se han hecho los juicios más satisfactorios. Mucho habría que decir del crítico, del conferencista, de algún excelente ensayo de historia; mas ello no cabría sino en líneas mayores. Debo, sin embargo, hablar del poeta. Y aquí volveré a recordar cómo aviva su fantasía, y le mueve a expresarse métrica y sonoramente la vasta influencia oceánica, advertida desde su infancia en la pintoresca y encantadora Valparaíso. Cuando aparecieron en «La Nación», de Buenos Aires, versos de Del Solar, el hecho causó asombro. Sus colegas de la prosa se asombraron; ante los mundanos y los de los millones perdio méritos; los poetas, celosos de su ciudad sagrada, le exigieron el «schiboleth». Con todos ellos supo entenderse; y al publicar recientemente su poema El Díamante azul en que siempre aparece la prodigiosa Thalassa-se ha visto que se trata de un verdadero lírico, conocedor de nuestro parnaso y de los grandes poetas ingleses, y cuya factura de corte clásico no le impide vuelos muy modernos, pegaso y aeroplano. Páginas entusiásticas se han escrito sobre ese hermoso poema-entre una notable de Luis Beriso -y en ella se alaba el dominio de la expresión y la fuera imaginativa. Yo he leído con detención esos resonantes y ágiles versos que expresan un significativo «mito), y que juntan la gracia de las ficciones y metamorfosis antiguas a un tema que no puede ser más real, en las férreas y mecánicas tragedías de nuestros días: el naufragio del «Titanic». Una leyenda comentada por los diarios, a raíz de la pérdida de aquel colosal barco, dio motivo a que Del Solar escribiese su conmovedora y musical obra, y el poema surgió, digno del poeta y de la poesía». Siendo Secretario de la Legación de Chile en la Argentina contrajo matrimonio con una distinguida dama de ese país, y formó un hogar suntuoso que, puede decirse, es el centro de reunión de los artistas de esa tierra y en el que Del Solar ha hecho todo lo posible por propender al acercamiento intelectual de ambas naciones. A pesar del juicio de Rubén Darío, nosotros consideramos a Del Solar como un representante del versificador a la alta escuela.
Narciso Tondreau (N. en la provincia de Coquimbo, en 1861). -Retirado hoy de la vida activa de las letras, fue ayer un maestro de la pasada generación lírica. Sus versos apacibles buscaban inspiración merodeando entre los lejanos templos del helenismo pagano. Tuvieron felices interpretaciones artísticas que hoy duermen bajo la indiferencia. Es autor del libro lírico Penumbras, y del poema Los Balmacedonautas.